Turquesa (otro cuento de São Tomé)
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Coge el balón Messi, agacha la cabeza, se va de uno, se va de dos, se va de tres, patada, cae, la gente clama, la gente está muito enfadada. El árbitro por fin pita la falta al borde del área. Messi se dispone a sacar la falta, espera que pasen una cabra y sus dos cabritillos. Suspira Messi, se acomoda el balón. Está pinchado, pero da igual. Es de reglamento. Girándolo un poco consigue que no se note mucho. El arquero, mientras sitúa la barrera imaginaria, va descalzo, se ajusta sus guantes imaginarios turquesa. Es una chica se llama Beny pero hoy es Pipi, su tía. Es de São Tomé. No quiere llamarse de otra manera. Su tía Pipi es de Ribeira Afonso y juega de portera. Es la mejor del mundo. Con lo buena que es, no se entiende por qué no juega en el Real Madrid o el Barcelona, pero le da igual. Ella es su tía Pipi. Messi es de una comunidad más adelante, de Santa Ana, solo que hoy está en este estadio imaginario que se están inventando las dos inseparables primas en la playa de arena negra de Santa Cruz.
Las madres bajan. La marea está subiendo. En nada llegan los marineros. En nada la playa negra dejará de ser un estadio lleno y se convertirá en un mercado de abastos donde los pescadores y las mujeres lucharán por el precio del pescado antes de llegar al acuerdo diario. Queda poco tiempo de fantasía. Instantes. Segundos.
Messi se perfila, suspira, el balón ya no está pinchado. Es uno nuevo y oficial. La barrera es real. El estadio ahora es real. Todo ruge. Todo se para. La marea se detiene. Los mosquitos esperan a que se tire la falta para seguir picando tobillos. Ya no hay mato ni manglar desembocando en la playa. Ahora hay una hinchada reloca cantando canciones eternas. La esperanza siempre ha tenido notas musicales.
El toque es magistral, lo narra Messi mismo. Chuta fuerte, salva la barrera y se cuela por toda la escuadra. Entra por el palo corto, el difícil.
Gooool.
Messi corre por la orilla celebrando un gol de fantasía. El portero se alegra casi tanto como Messi. Le persigue en la celebración hasta que lo agarra y se caen de alegría. Se funden en un abrazo en la orilla. Ahora ya son del mismo equipo y el portero se ha transformado en Di María. Cosas del fútbol imaginario.
Las primas se encroquetan de arena negra. Llegan las barcas con pescado. Llegan las madres a comprarlo. Llega la realidad. La fantasía se echa a un lado.
Pero qué bonito ha sido meter un gol en el último minuto en el Maracaná.
El atardecer lo enlindece todo con un cielo de tonos turquesas, mientras las dos primas ayudan a sus madres con el pescado ya regateado. Es lo que tiene la realidad. Hay que aportar.
—Ha sido un golazo.
—No lo he podido parar ni con mis guantes turquesas.
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África es Rosa





